TERRITORIO
DE CUERDOS, TERRITORIO DE LOCOS
Carlos tiene 41 años y es alto, de cara agradable
y mirada tranquila. Me explica que está aquí porque al nacer lo bautizaron en
una secta y desde entonces ha sufrido diversas calamidades. A los siete años,
por ejemplo, un fuego interno en el estómago le hizo perder el conocimiento
durante tres horas, y este mismo evento se repitió cuando tenía dieciocho años,
pero con consecuencias peores, porque la pérdida de conciencia duró meses. Le
han practicado catorce operaciones, pero no tiene cicatrices pues estas desaparecen
a las tres horas, ya que son producidas por energías extrañas.
Es esto lo que nos cuenta Carlos
mientras almuerza en el comedor del Centro Masculino del Hospital psiquiátrico
de la ciudad, que aloja a 580 personas, la mayoría con discapacidad cognitiva
profunda o enfermedad mental. Sus compañeros, cientos de hombres vestidos de
oscuro, consumen su comida en platos metálicos, con tan solo cucharas, pues
cuchillos y tenedores se prestarían para agresiones o intentos de suicidio.
Cuando María Teresa, la trabajadora social que nos acompaña le pregunta a Carlos qué
diagnóstico tiene, él contesta, con naturalidad, que esquizofrenia paranoide.
Cuando llegamos, antes de atravesar
la enorme puerta que para nosotros separa el territorio de los cuerdos del de
los locos, vemos la granja de cultivo, donde unas pocas personas capaces de
lidiar con la realidad de forma básica siembran lechugas, papa, ahuyama,
acelga. Después de esto nos encontramos con algo que no esperábamos, un enorme
jardín colorido, sembrado de palmeras, y en el centro una inmensa casa antigua,
de techo de tejas de barro y corredores llenos de puertas que se abren a patios
y pabellones. Desde que entramos oímos un rugido que literalmente rueda por los
corredores, y que luego entendemos que es producido por “Carroloco”, un enfermo
que a toda hora maneja un camión imaginario. Algunos hombres se nos acercan
llevados por la curiosidad, y nos tocan o nos dan la mano, que a veces retienen
unos segundos entre las suyas.
Como María Teresa conoce bien a los pacientes,
nos cuenta sus historias: por ejemplo, ese hombre joven que cruza el patio a
zancadas y abre con su llave una puerta, es un paciente caleño con
esquizofrenia, consumidor de droga, tiene una habitación para él solo porque
requiere un cuidado especial. A menudo se deprime y no quiere tener ningún trato
con los demás. Hasta aquí llegó traído por su mamá, que no encontró ningún otro
lugar donde lo recibieran.
Misael es el más antiguo de todos: tiene 73 años
y llegó a la institución por abandono, cuando tenía apenas dos años. Está ahí,
en la sala de los más incapacitados, en su silla de ruedas, arropado con su
ruana, con la cabeza cubierta por un gorro de lana. No posee lenguaje, de modo
que su única manera de mostrar que algo lo mortifica es llorando.
Alrededor de Misael están otros pacientes, muchos
de ellos con retraso profundo. No tienen dientes y la mayoría tiene semblantes
extraños: frentes pequeñas, orejas muy grandes, quijadas descompuestas,
jorobas, ojos desiguales. Algunos llevan extraños cascos en la cabeza y
protectores de metal o de tela sobre la barbilla: son los que convulsionan a
menudo y corren el riesgo de lastimarse. Un ser pequeñito, de edad mediana,
llama de inmediato mi atención: ¡es una mujer, la única, cubierta con un
vestido de hombre! Pero no, estoy equivocada, me explican. Aunque no pueda
creerlo, se trata de un hombre: todos los exámenes médicos así lo han
comprobado.
En enormes habitaciones, encerrados bajo llave,
distintos grupos aquí los “profundos”, allí los esquizofrénicos, los bipolares,
los epilépticos, los adictos hacen talleres con material reciclado. Me
sorprende la sonrisa con la que se acercan y el trato solidario entre algunos
de ellos. Es el caso de un gigantón de cabeza alargada, ojos picaros y sonrisa
dulce, que a pesar de que casi no puede caminar se ofrece a arrastrar la silla
de ruedas de uno de sus compañeros. Cuando ve a María Teresa la mirada se le
ilumina. Con dificultad se le acerca y trata de abrazarla, cariñoso.
Javier, otro paciente que allí se encuentra, se
acerca y me dice: “El sol me brillaba, las nubes, eran muchos los tormentos. Alucinaciones.
Por eso intenté suicidarme tres veces: la primera vez el cuchillo se dobló; la
segunda, me tiré de un tercer piso, pero me enredé en las cuerdas de la ropa;
la tercera me le tiré a un camión. Pero ahora estoy mejor. Hago canciones”. Y
canta: “Yo no nací para amar…”.
Está también Nelson, que decidió que él es María
Teresa. Cuando se cruzan, ella debe decirle “Hola, María Teresa”, a lo que él
contestará “Hola, Nelson”.
Julián está en el centro por consumo de bazuco y
marihuana. “Lo más duro es el encierro”, afirma. Y así me entero de que cada
rato hay un intento de fuga, casi siempre fallido.
En la zona de lavandería y plancha, auxiliares trabajan
en medio del olor que emana la ropa, que nos golpea apenas entramos: es un olor
hasta ahora para mí desconocido, indescriptible, más cercano a lo animal que a
lo humano. Hay allí, sin embargo, gran dignidad, como en general en todas las
instalaciones. Cada persona tiene un montoncito de ropa cuidadosamente doblada
y marcada con su nombre. También son limpios los dormitorios, ocupados por
enormes hileras de camas. A las seis se acuestan los que tienen discapacidad
cognitiva, más tarde los enfermos mentales, que pueden ver televisión o
acompañar a los enfermeros en sus recorridos. Ellos son los que se encargan de
la medicación, mañana, tarde, noche: Lorazepám, Olanzapina, Risperidona, drogas
que los adormecen y les crean toda clase de efectos secundarios. Y no puedo
dejar de imaginarme lo que sucederá en las noches en aquellas habitaciones: los
gritos, las pesadillas, los miedos, la posibilidad de acciones violentas. Y la ansiedad,
la nostalgia y la desesperanza que deben apoderarse de muchos antes de rendirse
al sueño.
Antes de despedirnos, me quedo mirando a cada uno
de los pacientes, unos cuantos están echados, ausentes, estáticos. Pero los
demás caminan, caminan, caminan, por los corredores y los senderos del jardín:
cientos de figuras solitarias que no van a ninguna parte, como sus propias
vidas. Su destino está aquí, en su encierro, donde no incomoden a los sanos, a
los que nos consideramos cuerdos.