“EL COSTEÑO”
De
la familia de la universidad nacional de Medellín, no solo hacen parte los
estudiantes, los administrativos y los docentes, sino también todas aquellas
personas que honradamente se ganan la vida en los alrededores de la planta
física y que la llenan de color y vida jornada tras jornada. Esta historia
empieza un lunes tres de marzo del año 2009 con Manuel Eduardo Montoya Giraldo
más conocido como “el costeño” del puesto de frutas de la UNALMED quien se
encuentra en ese lugar hace nueve años vendiendo como dice él: “la piñita
picada el vasito a mil pesitos con salecita, con limoncito, pimientica con sal,
y la mielecita que no puede faltar para la niña la joven la dama el caballero y
para usted por supuesto”.
A
Manuel lo llena de orgullo las relaciones que ha logrado establecer con los
estudiantes y administrativos, lo que considera un verdadero pago a los
esfuerzos que día a día trae su oficio.
“yo
me levanto a las cuatro e la mañana, salgo a las cinco a mercar, yo se escogé
la piña que esté buena, que no esté maltratada, blandita, si es la papaya lo
mismo. Después salgo pa otro local a busca el mango, a comprá el mango y la
sandía y el coco, así es pue!”
Después
de ubicarse en su lugar de trabajo, Manuel prepara lo que ofrece a las personas
que buscan un desayuno nutritivo, antes de iniciar sus jornadas, pues es
inevitable percibir el amor que le pone a su trabajo, es el que le da los
resultados que permiten el ingreso económico para su sustento y el de sus hijos
una niña y un niño, uno de ellos vive con él en Medellín, el otro con la mamá
quien también vende frutas en la universidad del Quindío, pero es él quien debe
pagar arriendo y dar plata para el sustento de los dos.
Contrario
a lo que piensan muchos, Manuel llena de sabor las instalaciones de la
universidad, incluso mientras los estudiantes descansan, este hombre pasa en su
lugar de trabajo las vacaciones y lo único que varía son los ingresos, pues el
sigue… “trabajando con el corazón” y asegura: “ese es el deseo, Sali adelante,
pero la situación no se presta pa estar uno más cómodo que estar con la fruta,
pa que mis hijos salga adelante con su estudio y cojan su carrera, que no estén
en venta de ambulantes, sino que cuando ya terminen su carrera que estén con su
buen trabajito.”
Medellín
ocupa en el corazón de este hombre un gran espacio, y como no, si durante dos
horas que puede observar a Manuel trabajando, no paraba de llegar gente y él de
una manera extraordinaria picaba y preparaba a gran velocidad tolo lo que sus
clientes pedían y pedían. Esta es la ciudad que le ha permitido mantenerse en
los últimos nueve años y hoy tiene claro que para sus hijos tiene algo
diferente que las ventas ambulantes.
El
consolidarse como vendedor ambulante es la parte fácil de la tarea, lo que
Manuel hizo realmente es poco y esto fue lo que me comentó cuando me acerqué a
preguntarle cómo había logrado llegar y mantenerse tanto tiempo en el mismo
lugar y no ir deambulando por todas las calles como muchos de los vendedores
ambulantes: “llegué hablé con los que estaba ahí y me dijeron que si, entonces
aquí no le dan permiso a uno, ni en la alcaldía ni aquí en la universidad, como
ahora nos estamos reuniendo los vendedores antiguos para que nos dejen trabajar
tranquilamente sin problemas, como diez, once vendedores antiguos, porque están
llegando muchos vendedores nuevos y esos son los que nos dañan las ventas acá”
Pude
examinar durante mi visita, que cansados de vivir con la zozobra de un desalojo,
los vendedores ambulantes de los alrededores de la universidad Nacional de
Medellín se han unido y se preparan unidos para defender lo que han construido,
lo que les permite a ellos y a los suyos mantenerse.
Y
así pues pase hoy dos interesantes horas de vida, conversando y conociendo la
historia de este personaje que visito a diario para comer y deleitarme con sus
deliciosas ensaladas, pero que jamás me había cuestionado todo lo que piensa y
lo que le sucede en su diario trabajar.
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