“Recordar la llegada a este mundo y otear la huella dejada por nuestro
caminar, es reencontrarse con uno mismo”
Y es que no solo nací un 6 de
septiembre del año 1991, nací mucho tiempo atrás, desde que el amor logró unir
a la mejor pareja del mundo, mis padres, desde que la vida formó a esas dos
grandes personas que han sido un motor que nunca se detiene, porque es
imposible nacer y ser sin estar infinitamente unido a esos seres maravillosos,
casi mágicos que desde que conforman la familia nos hacen nacer, y así mis
padres me hicieron nacer, inicialmente uniéndose y generando ya una armonía que
de manera indirecta estaba incidiendo en mi formación, posteriormente con el
nacimiento de mi hermano mayor, fueron aprendiendo la hermosa tarea de ser
padres y ahora sí, aparezco yo como una diminuta partecita en el vientre de mi
madre y a partir de este momento empiezo a crecer, a sentir, a escuchar,
especialmente todas aquellas cosas, historias, risas, anécdotas y momentos
especiales que vivía antes de llegar al mundo, fueron papá y mamá quienes desde
antes de nacer, leían historias en diferentes idiomas, cuentos y fábulas,
canciones e instrumentos y todo tipo de estimulación que logró aportar una
granito de arena a lo que ahora tengo, lo que soy.
Llega el 6 de septiembre, como ya
lo había mencionado y ahora si soy una persona un ser una mujer. Entonces canciones
infantiles, música clásica, libros de cuentos, aventuras por el campo, juegos
interesantes, y momentos únicos me unen día a día a mi padre, que desde muy
pequeñita me ha enseñado las cosas maravillosas e interesantes, me ha enseñado
la alegría de vivir, regalándome siempre un poco de su conocimiento, de su
vida, de su aprendizaje, pero siempre llevando mis pasos como guía y
acompañante. Y ni hablar de mi madre que siempre tenía de su tiempo para crear
juegos diferentes, para construir historias y vivirlas día a día. De esta
manera son ellos como aquella raíz de un gran árbol, el árbol de mi vida.
La ansiedad no se hacía esperar,
una expectativa inmensa esa que a mis 5 años sentí. Y… es que quien no siente
mil cosas el día que se despierta, y por primera vez va a ir a la escuela, pues
así me sentía yo, todo listo, todo ordenado y: “¿ya nos vamos, ya nos vamos?”
solo quería estar allí saber que era, saber quiénes eran y cómo eran esas
personas que estaban en el colegio y sin duda alguna, mis padres junto a mi
aquel inolvidable momento, mucha gente, fotos, uniforme, incomodo morral y
estorbosa lonchera, pero yo, feliz.
Es pues una excelente, hermosa,
respetuosa y dulce Hermana Bethlemita quien con todo su amor, interés y
dedicación me enseño las primeras letras, las primeras palabras, los primeros
trazos y números la Hermana Delia, como decimos jocosamente entre amigos, es
quien enseño a leer y escribir en mi pueblo, a “medio pueblo” entre esos yo.
Y así con ayuda de maestros,
compañeros, amigos, y mis padres sin duda alguna empezó esa hermosa aventura
por el conocimiento, por las letras por las historias, por los cuentos y
novelas, por las enciclopedias y ensayos, por las teorías y artículos y
entonces todo generaba en mí, una expectativa y un goce frente a ese hermoso
momento en el que se unías libros, tiempo y yo.
Es esta, una pequeña historia, un
pequeño recordar esos momentos, lugares y personas que han influido, que han
generado en mí un delicioso gusto por acercarme día a día a la lectura y es
ahora el momento en el que gracias a todo esto las ramas de mi frondoso árbol
siguen creciendo y ahora se dirigen a entregar y enseñar a muchas personas más
esta experiencia encantadora con las letras para que sean muchas las personas
que amen y disfruten el arte de leer y escribir.
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