Todos los días se esa semana (semana santa por cierto) despertaba con la idea de que ese sí sería el día perfecto para dedicarme a construir la marioneta, pero llegaba la noche y ni rastro de ella, ni siquiera los hilos estaban preparados para empezar con la elaboración. Y así pasaron lunes, martes, miércoles: salida con los amigos, almuerzos donde los vecinos, caminatas familiares, películas, juegos, libros por leer, en fin, toda clase de diversión y de marioneta... nada!
llega entonces el jueves santo y con él tíos, primos, abuelos y familia que como ya es costumbre pasan la semana santa en el pueblo, era imposible, entonces con tanta gente en casa intentar hacer la bendita marioneta. Y ni hablar del viernes santo, cuando ya pensando que se acababa el tiempo, por fin tenía sobre la mesa; papel, pinturas, hilos, madera y todo preparado, pero no pasaron dos minutos cuando en mi oído retumba el grito escandalizado de la típica abuela un viernes santo: "mija, guarde todo eso, como se le ocurre si es que hoy es pecado hacer esas cosas, camine mejor a rezar el viacrucis..." a rezar el viacrucis? y yo con marioneta a bordo?. Todo se empezó a complicar, el tiempo se agotaba y yo en la caminata del viacrucis; y es que después de cuatro sacrificadas horas de camino bajo un sol insoportable, quedaban ganas de todo, menos de sentarse a hacer una marioneta, que entre muchas otras rezones, no tenía ni una mínima idea de cómo la iba a hacer. Un día más y aún no había marioneta.
Y si de nombrar día a día se trata, les comento pues, que el sábado como el resto de días fue pasando, pero bueno al llegar la noche y con la preocupación que me mortificaba, decidí coger papel y lápiz y diseñar lo que sería mi marioneta y la manera como debía pegar los hilos para que ésta pareciera casi real. El domingo muy temprano me levanté aprovechando que todo el mundo dormía y... manos a la obra: corté el papel, y los palitos con los que la iba a manejar, pinté todo el cuerpo, pegué los ojos y esperé un momento. Cuando todo estaba seco, corté y pegué los hilos y así la marioneta empezó a cobrar vida, pero como es de esperarse, había un pequeño problema; el papel era muy liviano y por esto los hilos no quedaban bien estirados, solo se me ocurría que necesitaba un poco de plastilina para darle peso y lograr que no perdiera su forma, entonces se podrán imaginar un domingo ocho de la mañana y yo, por todo el pueblo consiguiendo a como diera lugar, una caja de plastilina.
Finalmente todo se resolvió y con un pequeño toque de copete y cola color amarillo, por fin había marioneta: un sencillo, pero hermoso pato acababa de salir de su cascarón.
Pensarán pues, que aquí termina mi historia, pero lo que sucede a continuación, fue para mi, lo mejor: salí, entonces con el emplumado pato a mostrarlo a mamá y papá y en ese momento todo allí se transformó, mi marioneta pasaba de ser un montón de cartón pintado pegado a hilos colgando, a ser el objeto de juego y diversión aquel día en mi casa, mi hermana cantaba la canción del pato, y era mi marioneta tan real, que hacía también que ella se asustara, sintiendo que un picotazo le iba a dar; a mi papá se le ocurrió la creativa idea de grabar un video y para esto consiguió cámara, música, un lugar apropiado y un retablo para hacer algo como lo que hacen, decía él, "con las marionetas de verdad"; mi mamá, sin duda alguna, mi mamá no paraba de reír, reír y reír viendo al pato caminar y bailar. Es por esto que creo que la mejor forma de terminar mi historia es, dejando aquí ese video, en donde además de todo, es imposible ocultar la risa de mi risueña madre, que estoy segura, cada vez que lo vea reirá y reirá sin parar.
Es, entonces domingo por la tarde y esa, la aburrida e indeseable tarea que tanto se hizo esperar se acababa de convertir en una hermosa marioneta, en un hermoso y cómico pato que logró cautivarnos, hacernos reir, compartir y jugar.
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